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Djibril Faye, en un banco de la plaza de As Conchiñas. - carlos pardellas

El prejuicio de temer al diferente

Ríos de mentiras rodean a los migrantes, a los que se les acusa de abusar del sistema sanitario y beneficiarse de ayudas sociales en perjuicio de los españoles que las necesitan

12.08.2018 | 01:11 | A Coruña

Que los migrantes "abusan de las prestaciones sociales y del sistema sanitario", que son "culpables de la violencia" o "responsables de la mayor precariedad laboral". Todo ello lo ha escuchado Djibril Faye durante los más de diez años que lleva afincado en A Coruña. "Los comentarios me llegan de parte de los usuarios que atiendo, y algunas veces los escucho. Pero la gente que los dice no lo entiende. No todo el mundo puede tener acceso, por ejemplo, a una ayuda económica", explica el senegalés, que ejerce como responsable del programa sanitario de la ONG Ecos do Sur. Desde su puesto en la entidad, atiende muchas de las consultas que la comunidad migrante tiene cuando se dispone a labrarse un futuro en la urbe. La Europa que se vende en su país natal suele resultar más idílica a lo lejos que en ella, y pronto se adentran en un camino de escollos económicos y burocráticos que imaginaban -como quienes les increpan desde fuera- mucho más sencillo de lo que es en realidad.

"Lo primero que uno se encuentra es la pared administrativa. Aunque seas abogado en tu tierra, o tengas estudios, cuando llegas aquí de forma ilegal hay que estar tres años sin poder hacer nada. No puedes trabajar oficialmente ni acceder a ciertos derechos o recursos", señala Faye, que vivió los obstáculos en carne propia. En 2007, abandonó su país y se embarcó en un cayuco para arribar a costas españolas. Atrás dejaba su oficio de pescador, que le había servido para vivir y ayudar a su familia: "Yo no tenía intención de irme, pero sufrí un accidente. En mi región, los barcos internacionales suelen apagar las luces para evitar los controles y poder faenar en las zonas reservadas para la pesca artesanal. Un día, pasaron por encima de mi armamento de redes, y me encontré sin nada, así que me planteé venir para mejorar mi vida".

Su primera parada en España fueron las Islas Canarias. Pensó que le harían regresar, pero en su lugar lo trasladaron a Barcelona, desde donde aterrizó en A Coruña. Aquí, a pesar de los rumores contra el colectivo, no le esperaban comodidades. "Como muchos africanos, llegué a un piso patera. Éramos siete", dice Faye, que pudo pagar el alquiler gracias a su trabajo con las ONG Equus Zebra y Ecos do Sur. El senegalés asegura que no puede "hablar mal" de la acogida que le dispensó A Coruña, que fue "muy buena". La hospitalidad de la ciudad, sin embargo, no ha podido evitarle roces con los prejuicios antimigratorios, que se recrudecen cuando se toca el tema del reparto de ayudas- considerado injusto- entre extranjeros y españoles. "Es fácil escuchar esos bulos, pero el migrante no llega y tiene ayudas. Hay requisitos que cumplir", explica, cifrando en al menos un año de empadronamiento el tiempo necesario para aspirar -no conseguir- la asistencia social de la Xunta.

Y esa renta a la que acceden, ¿acaso no la envían lejos, para aliviar económicamente a sus familias? "No puedes mandar el dinero fuera. Los Servicios Sociales llevan un control para ver en qué gastas la ayuda, que además también es para los españoles sin recursos", afirma el senegalés, que asegura que la situación se repite en lo que respecta al sistema sanitario. Tanto por la red como a pie de calle son muchos los que acusan a los migrantes de colapsar y aprovecharse sin coste alguno del servicio. Pero lo cierto es que la ley no permite beneficiarse de la Seguridad Social a quien no cotiza, y exige de nuevo "estar empadronado, y acreditar que no tienes propiedades en tu país de origen" para que la prestación médica no se convierta "en una factura".

Los requisitos son, por lo tanto, numerosos, pero la desconfianza no se aplaca. Faye la ha sufrido en gestos nimios, como todos esos viajes en autobús en los que la gente evitaba deliberadamente sentarse a su lado, pero también en otros más graves, como las agresiones verbales. El temor a lo desconocido, y la ignorancia ante el motivo de "necesidad" que empuja al migrante a salir de su país son las causas que el senegalés vincula a esos ataques. Ante ellos, aconseja mantener la calma y "no responder con violencia", sino "con diálogo", para lograr "un entendimiento". "Hay que comprender que la parte autóctona pueda tener miedo. Yo defiendo a los españoles y a mi comunidad por igual", dice, para expresar luego su desagrado frente a la agresión al otro en ambas culturas.

"Servir de puente" entre ellas es su objetivo como mediador, aunque advierte de que está "en la política" y no solo en la sociedad, la solución al conflicto. El que respecta a los bulos, sabe cómo remediarlo: "La clave está en acercarse a la persona. Si la gente invirtiese en descubrir la realidad el tiempo que usa en decir esas cosas , podría entender por qué los migrantes llegan de este modo", concluye.

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